La lógica de la televisión

Se estremecía con la brisa que entraba por la ventana. Decidió taparse. Cubrir su cuerpo con un batín rojo y desgastado al que le había cogido cariño con los años. Se acercó al mueble bar, cogió un vaso de whisky y se acercó al congelador. Echó dos hielos, dos grandes, un chorro de la botella y dejó que se fuera aguando con el agua que se deshacía. Le gustaba el whisky frío, rebajado con el extraño sabor que deja el agua hiperclorada del deshielo. 

Sentada en el sofá comenzó a desafiar la lógica de la televisión. Se planteaba la publicidad como un sueño, las noticias como una realidad, los concursos como un reto y el fracaso de las marionetas del corazón como un fracaso propio. Pronto se vio sedada a base de sentimientos enfrentados. Del odio pasaba al amor, al tedio y a la añoranza sin ningún sentido. Pronto se vio fundida, cansada, harta de vivir tan intensamente cada segundo. 

Se estremeció con la brisa que entraba por la ventana, se quitó el batín y se acercó al mueble bar. Quizá así consiguiera aplacar tanta realidad. Quizá así comprendiera que los iconos son de plástico, los instantes fugaces y la vida una excusa en la que el final no está escrito. 

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